La lavanda es por la que casi todas las personas empiezan en la aromaterapia, y con razón. Es de los aceites más versátiles y también de los más nobles: su aroma floral con ese fondo herbal calma el ambiente de una habitación en cuestión de minutos. Yo siempre lo tengo a la mano.
Lo más común es usarlo en el difusor al final del día, o poner un par de gotas en la almohada cuando cuesta conciliar el sueño. También va muy bien en un masaje suave de cuello y hombros para soltar la tensión, o unas gotas en el agua de la tina. Es, además, uno de los pocos aceites esenciales que pueden aplicarse puros sobre la piel —aun así, yo recomiendo probar primero en una zona pequeña.
Viene de la mejor tradición: las variedades de Grasse, en el sur de Francia, son las más apreciadas del mundo. Este es lavanda Lavandula angustifolia, la de uso fino, con sellos suizos: sin parabenos, sin ftalatos, sin colorantes y dermatológicamente probado.
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